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Una segunda temporada emotiva y sublime

La segunda entrega de esta serie canadiense basada en los libros de L.M. Montgomery puede resumirse en la siguiente frase: “es todo lo que necesitábamos para recuperar nuestra fe en la humanidad”. Sí, aunque suene cliché y absurdo, los nuevos episodios entregan al espectador un guion sorprendente y emotivo, lleno de enseñanzas que pueden cambiar nuestra manera de ver el mundo.

A diferencia de la primera entrega, esta vez el público puede empatizar mejor con el personaje excéntrico de Anne. Sus problemas y preocupaciones son los mismos por los que todos pasamos en nuestra adolescencia: el primer beso, el aspecto físico y la incertidumbre de no saber quiénes queríamos ser de grandes.

La historia todavía se adentra en problemas más generales y profundos que, por increíble que parezca, aún nos afectan en pleno siglo XXI. La discriminación, el racismo, la misoginia, la baja autoestima, los roles de género, los prejuicios, el bullying, los problemas familiares y la homofobia son algunos de los temas que abarca esta temporada de una manera concisa y sublime.

Para comprender algunas de estas cuestiones se nos presentan tres nuevos personajes: Cole, Sebastian y Stacy. El primero es un compañero de la escuela de Anne, quien no encaja en Avolena por ser diferente a los demás chicos y sentir atracción por personas de su mismo sexo; el segundo es el nuevo amigo de Gilbert, un trabajador caribeño que es discriminado por su color de piel; y por último se encuentra la nueva maestra de Anne que rompe con todos los estereotipos femeninos de aquella época.

Gracias a sus historias, la serie permite crear un diálogo con el público acerca del respeto y la tolerancia, pero sobre todo acerca del entendimiento y empatía que absolutamente todos deberíamos mostrar por el prójimo.

Al final de la temporada vemos un claro progreso en todos los personajes de la serie pues junto a Anne todos aprenden de sus errores dejando sus prejuicios atrás para mejorar su vida y la de los otros.

De nuevo, las actuaciones tanto de los viejos y nuevos personajes son excelentes, destacando el trabajo de Geraldine James y R. H. Thomson como los hermanos Cuthbert.

En cuanto a la producción, los paisajes, escenarios y vestuarios nos transportan perfectamente a principios del siglo XX y nos hacen querer vivir en la tranquila granja Green Gables.

Sin duda, la segunda temporada de Anne With an E mejoró visiblemente en todos sus aspectos, creando una narrativa coming of age interesante que explora temas de actualidad con personajes bien construidos.

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