Siempre es necesaria la reivindicación del blockbuster

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El blockbuster no es otra cosa más que una película exitosa. Así lo dicen los incontables diccionarios, enciclopedias y libros de cine e incluso uno de los principales genios de la dirección como es el caso de Steven Spielberg cada vez que alguien le pregunta por su trabajo en el que suele ser considerado el primero de la historia: Tiburón (1975). No menos importante es que, aunque como en todo hay unos mejores que otros, en ningún sitio se indica que esta popularidad sea directamente proporcional a una baja de calidad.

Esta noción parecía estar muy clara en el pasado. Universal Monsters tuvo gran aceptación en su exploración de distintas preocupaciones sociopolíticas desde el terror y el fantástico; superproducciones como Lo que el viento se llevó (1939), Los diez mandamientos (1956) o Doctor Zhivago (1965) son clásicos de todos los tiempos, pero también top ten de taquilla histórica ajustada a la inflación; Star Wars (1977), Los cazadores del arca perdida (1981) o E.T. (1982) compitieron sin problema por el Oscar a Mejor película.

Pero hubo un punto en el que el término se devaluó. Tanto así, que hoy día hablar de un blockbuster es referirse a una película que solo apunta a la taquilla y que es vacía en su propuesta. Es hablar de un producto masivo concebido a partir de fórmulas preestablecidas y falto de identidad.  Es tener que justificar una afición con etiquetas como “placer culpable”, “cultura popular” -o como algunos prefieren, “baja cultura”- y frases como “no ganará el Oscar pero cumple su cometido”.

En los últimos años se ha intentado defender al blockbuster alegando que su mayor propósito es el entretenimiento y si cumple con ello habrá logrado su objetivo. Esto es solo parcialmente cierto ya que, como toda forma de expresión, estas películas siempre tienen intenciones más profundas.

Lo popular en cualquier medio siempre ha sido rechazada por la élite autoproclamada“, declaró en su momento James Gunn. “Hay mucha gente en todas partes haciendo películas por un dólar o para alimentar su propia vanidad. Y luego están las personas que hacen lo que hacen porque les encanta contar historias, les encanta el cine y quieren devolver al mundo algo de la misma magia que han tomado de las obras de otros”.

Una magia que recae en buena parte los valores universales que muchos de estos proyectos intentan transmitir y que incluyen la bondad, la lealtad, el heroísmo y sobre todo la continua búsqueda del bien común. Esta misma universalidad es la razón por la que algunos de estos títulos suelen marcar el primer acercamiento de muchas personas con el cine, pues más allá del marketing o las fórmulas hollywoodenses, son historias primarias sustentadas en narrativas ancestrales como es el caso de los mitos, las leyendas y los cuentos.

No es casualidad que Star Wars se desarrolle en “una galaxia muy, muy lejana” y que buena parte de su lucha gire en torno al misticismo de la Fuerza; que Harry Potter sobreviva a la maldición asesina por el amor y que sea la personificación misma de viejas profecías que lo señalan como el elegido; que Samwise Gamgee de El Señor de los Anillos halle la inspiración necesaria para continuar en “las grandes historias […]. Las que realmente importaban”. En otras palabras, aquellas que nos permiten creer que el bien siempre triunfará sobre el mal.

Estas mismas son la razón por la que los blockbusters suelen convertirse en el primer amor fílmico de tantas personas. Y es que, si somos sinceros con nosotros mismos, lo más probable es que haya sido una de estas películas la que nos hizo enamorarnos y sobre todo apasionarnos por el cine. Títulos que invitan a soñar con la posibilidad que somos nosotros los que vivimos la aventura y que podemos convertirnos en los agentes del cambio en un mundo imperfecto.

Después de todo, la historia del blockbuster está repleta de héroes improbables cuyas monótonas existencias saltan a lo extraordinario en el momento menos pensado. Un recorrido que, hay que decirlo, no entiende de edades y que inicia de la más tierna infancia para desembocar en la edad adulta.

Tal es el caso de los von Trapp (La novicia rebelde, 1965, y otra del top ten ajustado a la inflación) o Elliot Taylor (E.T., 1982) cuyas respectivas inocencias ocultan la clave para salvar el día y demuestran que como bien dijeran Los Goonies (1985), “nuestros padres quieren lo mejor para nosotros. Pero ahora mismo, deben hacer lo que sea correcto para ellos. Porque es su momento. ¡Su tiempo! ¡Allí arriba! Aquí abajo, es nuestro momento. Es nuestro tiempo aquí abajo”. Ni qué decir de Alan Grant (Jurassic Park, 1993), Stanley Goodspeed (La roca, 1996) o Thomas A. Anderson (Matrix, 1999) quienes de un momento a otro se percatan que el mundo es más grande de lo que jamás imaginaron y cuyos actos heroicos están destinados a pasar de generación en generación a partir de las historias –”esto será un gran cuento para contarle a tu hijo antes de dormir”, dice John Mason al propio Goodspeed– o del mito como es el caso de Neo y su sacrificio final como el elegido.

Aunque claro, si algo nos han enseñado el blockbuster es que el anhelo de una gran aventura puede moldearse de muchas maneras. La doble vida como la del arqueólogo/aventurero Indiana Jones o el millonario/superhéroe como Batman o Iron Man; la alianza incierta como The Avengers: Los Vengadores, La Liga de la Justicia o Godzilla vs. Kong; las eternas luchas contra el mal como las de James Bond o Ethan Hunt; el camino a la redención que va de los antihéroes como en Rápido y furioso a los más temibles villanos que son capaces de enmendar el camino, siendo Darth Vader el ejemplo por excelencia con esa retirada simbólica del mítico casco que le condena pero también le permite ser abrazado por la Fuerza. Porque al final, el bien siempre sale avante.

Estas películas siempre tienen intenciones más profundas.

Con esto no pretendemos decir que el blockbuster sea superior a otras expresiones artísticas, sino demostrar que definitivamente tampoco es inferior y que tiene una razón de ser y existir. Dudar de la valía del blockbuster puede ser peligroso, pues es también dudar del propio ser humano y de su capacidad para soñar, luchar, cambiar y superarse, es rendirse de lleno a una vida agridulce marcada por el realismo más absoluto y renunciar deliberadamente a la fantasía que siempre ha caracterizado nuestra existencia como especie. Es dejar de ser esa persona que mira al horizonte anhelando derrotar al Imperio en una épica batalla espacial, ese estudiante de magia que trabaja, se entrena fuera del reglamento con la esperanza de emular a los grandes hechiceros que le antecedieron, ese chico ordinario de Brooklyn que se hizo especial no por un suero sino por los valores que defiende.

No renunciemos nunca al blockbuster, que hacerlo sería renunciar a nuestra propia esencia.

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