El caso Scarlett Johansson y el cine después del streaming

Hace 2 meses
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Hubo un tiempo en que las decisiones cinematográficas se tomaban desde los beneficios de la pantalla grande: una alianza histórica entre estudios y exhibidores que era base para determinar el calendario de estrenos acorde a la rentabilidad de los proyectos en épocas concretas del año, así como las distintas tendencias en cuanto a temáticas y actores se refiere; una fórmula que, si bien estaba lejos de ser infalible y presentó toda clase de variantes a través del tiempo, sostuvo las bases de la industria por generaciones.

Había buenas razones para pensar que el concepto evolucionaría de manera importante con la consolidación del streaming, que a la postre terminó convirtiéndose en una amenaza mayor que el viejo formato casero. Pero lo cierto es que nadie pensaba que las reglas del juego cambiarían tan rápido como necesidad de los principales por mantenerse a flote en tiempos de la pandemia y favorecida por las necesidades de una audiencia que anhela la comodidad, pero también la seguridad en estos tiempos inciertos.

La consolidación del streaming

¿Alguna vez se han preguntado cómo se divertía la gente de antaño sin televisión? Es probable que en un futuro no muy lejano se diga lo mismo del streaming, recordando que apenas en 2010 existían solo dos servicios: Netflix y Hulu. Hoy día es difícil encontrar alguien que solo tenga dos plataformas, así lo reveló una encuesta [vía] realizada en diciembre de 2020 en la que se concluyó que el 67% de los estadounidenses tenían tres o más. Una situación nada descabellada si consideramos que el país cuenta con una oferta que supera los 300 sistemas.

Una cifra impresionante, sí, pero que suele verse reducida a los titanes de siempre, Netflix, Amazon Prime Video, Apple TV+, Disney+ y HBO Max en una lista que seguirá creciendo de manera importante en los próximos meses. Más significativo es que todos tienen distintos orígenes como pueden ser la venta online, la tecnología computacional, el cine y la televisión. Si todos quieren ser partícipes no es por su interés en el entretenimiento global sino porque se trata de una industria cuya rentabilidad no se limita a los costos de contratación, sino que se extiende a la información que captura de los usuarios.

Los boletos de cine permiten conocer al público de un modo rudimentario, ya que no son los más exactos con los rangos de edad, ni son realmente capaces de definir lo que le gustó a cada persona. No es el caso del streaming, cuyas suscripciones casi siempre implican datos básicos como la fecha de nacimiento y que revelan los títulos vistos, pero también los visionados interrumpidos y el tiempo de permanencia en las plataformas. Esto permite la realización de apuestas cada vez menos arriesgadas así como la presentación de una oferta más personalizada.

Nuevas batallas histriónicas

Buena parte de la rentabilidad de las películas proviene de su elenco, razón por la cual los principales estudios están dispuestos a pagar sumas estratosféricas a sus actores y actrices. En la mayoría de los casos, los histriones reciben un salario fijo determinado en el contrato, lo que puede ser muy rentable en unos casos y completamente catastrófico en otros. En el primer caso, Tom Holland recibió $500,000 de dólares estadounidenses por Spider-Man: De vuelta a casa que recaudó más de $880 millones de dólares (a partir de este momento MDD); el ejemplo más representativo del segundo es Jim Carrey que cobró $13 MDD por El hombre del cable que fracasó al recaudar sólo $103 MDD.

Aunque claro, también están los actores y actrices que negocian ciertos porcentajes en sus salarios, ya sea de las ganancias en taquilla, la venta del formato casero o la mercancía. El primero en hacerlo fue James Stewart que recibió el 4% de Winchester ’73, mientras que Leonardo DiCaprio (Titanic), Sam Worthington (Avatar) o Robert Downey Jr. (The Avengers: Los Vengadores) han sido algunos de los casos más célebres de los últimos tiempos por las enormes sumas amasadas tras el éxito de sus respectivos proyectos.

Scarlett Johansson parecía destinada a integrarse a la lista con Black Widow, de la que recibiría un porcentaje de la taquilla que no ha sido dado a conocer. Sin embargo, la actriz considera que esta condición contractual se vio perjudicada cuando su película estrenó simultáneamente en Disney+, lo que le motivó a demandar al estudio para comenzar una de las batallas legales más mediáticas en mucho tiempo.

¿Alguna vez se han preguntado cómo se divertía la gente de antaño sin televisión? Es probable que en un futuro no muy lejano se diga lo mismo del streaming.

Aunque la industria nunca ha estado exenta de disputas entre estudios y repartos, muchos de los conflictos terminaron con el fin de la llamada Era Dorada de Hollywood que terminó con los viejos acuerdos en que las majors prácticamente poseían a sus actores y actrices. Esto incluía contratos de exclusividad sumamente longevos, los cuales permitían préstamos a producciones ajenos pero les impedían rechazar partes y que incluso podía obligarles a cambiar su apariencia física con cirugías plásticas. Tal vez la situación de Johansson suene muy distinta, pero algunos actores ya temen que las incertidumbres actuales asienten las bases de una serie de abusos laborales e incumplimientos, lo que podría desembocar en una nueva era para los contratos cinematográficos que ahora contemplen al streaming en sus cláusulas.

Tal fue el caso de Emma Stone, que consideró demandar al estudio por las mismas causas con Cruella, pero prefirió aprovechar las tensiones para obtener mayores beneficios en la secuela y escudarse ante un posible estreno digital. Emily Blunt no se ha pronunciado al respecto, pero se piensa que podría seguir esta misma pauta con Jungle Cruise, siempre que Disney oficialice la segunda entrega claro está. Se reporta también que Jason Momoa ha renegociado su contrato con Warner por Aquaman and the Lost Kingdom ante la posibilidad de que la producción sea estrenada en HBO Max. Un fenónemo que ha sido etiquetado por algunos medios como Efecto Johansson.

La muerte de la ventana... ¿y del cine?

La ventana de exhibición surgió en los 80 con la popularización del VHS para evitar que las distintas presentaciones de una película compitan entre sí. Tradicionalmente, ésta implicaba un distanciamiento de 90 días entre los estrenos cinematográficos y su presentación en formato casero. Aunque muchos empezaron a escuchar de ella con su abrupto rompimiento en 2020.

El primero en hacerlo fue Universal que recurrió al VOD luego de que algunos títulos en cartelera se vieran alcanzados por la pandemia, destacando el caso de Trolls 2 que abrió directamente en digital, lo que fue visto como una traición por los exhibidores. No pasó mucho tiempo para que, de uno u otro modo todos siguieran sus pasos, como fue el caso de Warner con Aves de presa y The Gentlemen, o Sony con Bloodshot.

Más sonado ha sido el caso de Disney que ha aprovechado el reciente lanzamiento de su plataforma para experimentar con distintas fórmulas que le permitan descifrar cuál es la alternativa más rentable en el mundo contemporáneo. Éstas incluyeron cancelar los estrenos en salas de Mulán, Soul y Luca para abrir de manera exclusiva en Disney+, el primero de ellos con Premium Access y los otros disponibles para todo público. Posteriormente se recurrió a una fórmula híbrida para Raya y el último dragón, Cruella, Black Widow y Jungle Cruise, que debutaron de manera simultánea en cines y Premium Access. Finalmente Free Guy y Shang-Chi, que beneficiados por una relativa vuelta a la normalidad, estrenarán exclusivamente en salas con una ventana de tan solo 45 días.

Muchos de estos movimientos han sido imitados por otros estudios. Paramount y Warner replicarán los 45 días, con la peculiaridad de que la segunda de ambas majors estrenará sus títulos de 2021 simultáneamente en HBO Max como una concesión exclusiva por la pandemia. Más drástico fue el caso de Universal, pues muchos de sus filmes han estado disponibles en VOD solo 17 días después de haber pasado por las salas, aunque recientemente anunció que la ventana con su plataforma Peacock será de cuatro meses. A esto sumemos los títulos de alto calibre que no pasarán por salas, siendo Hotel Transylvania 4 el más reciente ejemplo luego de que Sony llegara a un acuerdo global de $100 MDD con Amazon Prime Video. Un estupendo negocio para la plataforma si consideramos que la franquicia ha recaudado más de $1,300 MDD a nivel y que es todo un referente dentro de la industria animada.

Sobra decir que todos estos cambios podrían ser muy dañinos para las salas. El tiempo promedio de una película en cartelera es de cuatro semanas, aunque evidentemente hay casos excepcionales de cintas que son retiradas antes por sus bajos números o mucho después como es el caso de los principales blockbusters. Ni qué decir de Avengers: Endgame con 20 semanas o Avatar con 34. Esta duración podría verse reducida de manera dramática si las distintas plataformas ponen los filmes disponibles sólo seis semanas de sus lanzamientos, lo que a su vez podría reducir drásticamente la rentabilidad de las salas.

La inestabilidad deja claro que las condiciones podrían seguir cambiando en el transcurso de los próximos meses, lo que ha provocado que muchos se cuestionen si estamos en camino hacia una inminente muerte del cine. Algo improbable si consideramos que apenas en 2019 la industria rompió su récord de taquilla con una recaudación total de $42,500 MDD y que incluso en un año tan desastroso como el 2020 acumuló $12,400 MDD, pero que no por ello debe ser tomado a la ligera en un era cuya combinación de factores ha obligado a improvisar y tomar muchas medidas sobre la marcha.

Quizás el cine no muera, pero definitivamente nunca volverá a ser el mismo.

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