¿Qué futuro le depara al zombie cinematográfico?

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Vampiros, brujas y hombres lobo… muchos de los monstruos más populares tienen sus raíces en el folclore y los miedos ancestrales, lo que no les impidió ser aprovechados para abordar toda clase de inquietudes sociopolíticas. El zombie no es la excepción a la regla, pues si bien fue concebido a partir de una serie de prejuicios hacia las religiones africanas y caribeñas, no pasó mucho tiempo para que se convirtiera en el más cruento reflejo de un mundo decadente.

No está de más recordar que una muy buena parte de este crédito corresponde a George A. Romero, quien los aprovechó para ofrecer la más inquietante visión del Apocalipsis. Y es que mientras las sagradas escrituras hablan de un fin de los tiempos en que los muertos se levantarán para una eternidad de júbilo, la obra del creativo se desentiende de la resurrección espiritual para limitarse a la carnal y con ello plasmar “la nefasta subsistencia de viejas ideas, creencias e instituciones (el consumismo, la religión, el militarismo y su influencia en la ciencia y la tecnología)” [vía].

No fue casualidad que estas historias, que por muchos años deambularon más cerca del culto que del éxito masivo, alcanzaran un pico de popularidad en el mundo post 9/11 con tramas que casi siempre se centraron en una misma fórmula: un grupo de sobrevivientes tratan de mantenerse con vida en un mundo que parece llegar a su fin. Todo esto, hay que decirlo, sin exculpar a políticos, militares y científicos, pero tampoco a una sociedad que se dejó arrastrar hasta convertirse en un monstruo masivo carente de identidad y devorándolo todo a su paso.

El zombie, que tan buenos registros tuvo en la primera década del Siglo XXI y siendo Exterminio (Boyle, 2002) su punto más alto, perdió potencia con el tiempo. Esto se debió en buena parte a que sus mensajes simbólicos perdieron impacto cuando la Guerra contra el terror pasó a segundo término, el surgimiento de nuevos problemas globales como la crisis financiera de 2008, seguida de una etapa de aparente bonanza tras el doble periodo de Barack Obama. Ni siquiera cintas de alto potencial mediático como Guerra mundial Z (Forster, 2013) garantizaron su subsistencia, lo que no impidió algunos chispazos de genialidad como Estación Zombie: tren a Busan (Sang-ho, 2016).

Una nueva era

El 2020 no fue el mejor año para el zombie cinematográfico. Península (Yeon) es un buen ejemplo de ello, secuela de Tren a Busan que pasó con más penas que glorias por las salas. Aun así, el que bien merece ser considerado entre los años más catastróficos en toda la historia de la humanidad podría sentar las bases narrativas una nueva y muy controvertida reinvención del cine Z.

No es casualidad que el subgénero ocupe un lugar de honor en el denominado terror pandémico. Después de todo, mientras los primeros no-muertos del celuloide resucitaron más como una especie de castigo divino –o como dijera El amanecer de los muertos vivientes (Romero, 1978), “cuando no quede sitio en el infierno, los muertos caminarán sobre la tierra”–, su evolución les convirtió en el resultado de toda clase de experimentos fallidos. Nada descabellado si consideramos que buena parte de su auge se dio en un mundo regido por todo tipo de guerras que cada vez apuntaban con más fuerza al uso de armas biológicas. A pesar de algunos sucesos aislados, las peores visiones nunca se concretaron del todo.

Sus mensajes simbólicos perdieron impacto cuando la Guerra contra el terror pasó a segundo término.

Sin embargo, pocos anticipaban la llegada de una pandemia real que ha dejado más de 170 millones de infectados y 3.5 millones de fallecidos alrededor del mundo y que se ha visto rodeada por toda clase de teorías de conspiración, muchas de las cuales especulan sobre la posibilidad de que el virus se escapara de un laboratorio que lo creó o retuvo con fines bélicos. Mención aparte para las vacunas, rodeadas de teorías sobre la inusual rapidez de su elaboración, sus potenciales efectos secundarios y el temor a que las autoridades mundiales las aprovechen para controlarnos cual rebaño. Aunque las autoridades han tratado de explicar los orígenes del virus y los beneficios de los medicamentos, poco podrán hacer por erradicar los miedos sembrados en el imaginario colectivo.

Las dudas incrementan ante el recuerdo de que en 2011 el Centro de Control de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC) presentó una guía de preparación para el apocalipsis zombie. Su objetivo era ofrecer una narrativa atractiva que contribuyera a que la gente supiera cómo prepararse para una emergencia real, pero que ahora es vista por algunos como un anticipo de un desastre que las autoridades consideraban inminente.

De la pantalla al mundo real

Una de las mayores fortalezas del cine es su capacidad para explorar un contexto específico, pero sin sacrificar la atemporalidad con la exploración de toda clase de situaciones, lo que garantiza su vigencia por generaciones. Esta es la razón por la que el zombie religioso sucumbió ante la incorrección de los prejuicios, mientras que sus versiones contemporáneas se ha mantenido tan vigentes que hoy día pueden presumir un carácter netamente metanarrativo.

Como prueba basta con recordar las imágenes de las principales ciudades alrededor del mundo cuando fueron cerradas por las respectivas autoridades locales en un esfuerzo por prevenir la propagación de la enfermedad. Espeluznantes y más porque años antes vimos cuadros similares en títulos como Exterminio y Soy leyenda (Lawrence, 2008), destacando que las visiones apocalípticas de esta última también anticiparon la reconquista de la naturaleza a los terrenos tomados por el ser humano.

No menos brutales fueron las fotografías a los manifestantes pro-Trump, cuyas protestas en las puertas de la Casa Estatal de Ohio el 13 de Abril de 2020 se tornaron virales tras ser comparadas con toda clase de iconografía Z: desde la ya mencionada El amanecer de los muertos vivientes hasta El desesperar de los muertos (Wright, 2004) y pasando por The Crazies (Romero, 1973). Imágenes reales que para muchos simbolizaron el reemplazo del pensamiento individual por una ira colectiva que tantas veces ha sido abordado por el cine.

Ni qué decir de El ejército de los muertos (Snyder, 2021), que filmada en 2019, nos adentró en una Las Vegas rodeada por una enorme muralla para evitar la expansión Z y garantizar su posterior destrucción con un potente bombardeo. Un confinamiento extremo y un daño colateral que también ha sido tratado por filmes de tinte más realista como Epidemia (Petersen, 1995), lo que invariablemente nos lleva a preguntarnos sobre medidas más duras y polémicas en caso de futuras enfermedades que representen un riesgo para el orden global.

Fiel a su naturaleza, el zombie cinematográfico nunca morirá. Sólo entra en periodos de latencia, esperando pacientemente por una nueva resurrección que en esta ocasión parece destinada a llegar más pronto de lo que cualquiera imaginó. Esperemos que esta vez los horrores se queden sólo en la pantalla.

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