¿Cómo y por qué se globalizaron las series y las películas?

Hace 6 días
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El cine y la televisión comenzaron sus andanzas casi simultáneamente en numerosos países, pero si el modelo estadounidense terminó imponiéndose fue por la Segunda Guerra Mundial. El caos durante y después del conflicto bélico impidió que naciones europeas como Alemania, Francia o Gran Bretaña pudieran dedicar grandes recursos y atención a sus respectivas empresas. No fue el caso de Estados Unidos, que beneficiado por la distancia, la victoria en el campo y una economía floreciente, pudo permitirse la construcción de una auténtica maquinaria centrada en el entretenimiento y que apoyada por una serie de estrategias narrativas y comerciales garantizó el éxito de sus películas y series por todo el mundo.

Sería absurdo decir que esta situación ha cambiado, pues a más de medio siglo de distancia, Hollywood se mantiene firme como amo y señor del entretenimiento global. Basta echar un vistazo al top 50 de taquilla de todos los tiempos para darse cuenta de ello, pues todas las películas cuentan con inversión norteamericana. Pero tampoco se puede negar que los intereses del público y de la propia industria han tomado nuevas rutas que apuntan hacia un panorama global. Ejemplos recientes de ello son La Casa de Papel o El Juego del Calamar, que han roto las viejas barreras del país de origen y del idioma para convertirse en auténticos fenómenos mundiales. No son los primeros ni los únicos.

En busca de la identificación

Hace apenas unos años que el entretenimiento tenía una mentalidad netamente localista. Hollywood apuntaba a lo global, pero seguía midiendo el éxito centrado en la taquilla doméstica; ni qué decir de otras industrias, que salvo contadas excepciones, dependían netamente de su recaudación nacional. No menos grave eran las posiciones narrativas con tramas locales. Barreras que entorpecían la exportación a otras latitudes del llamado cine extranjero y que en el caso de las producciones estadounidenses atentaba directamente contra la identificación foránea.

Tal fue el caso de Jorge Gutiérrez, quien confiesa que buena parte de sus intereses se deben a que muchas de las películas con las que creció no tenían héroes mexicanos. “Si no ves héroes que se parezcan [a ti] piensas que no podemos ser héroes“, explicó en conferencia de prensa por Maya y los tres. “Tenemos héroes de todos lados y hay que representarlos”. Una tendencia que se aprecia en cada vez más proyectos, incluyendo las grandes franquicias como Star Wars o Marvel que suman personajes de distintas etnias en cada nueva entrega.

Esta inserción es un paso importante, pero insuficiente para llegar al objetivo, pues se trata de una fórmula que invariablemente incluye a unos y excluye a otros. Históricamente, el paso decisivo para la identificación viene de los valores plasmados en la trama y que deben apelar a la universalidad. El coraje, la hermandad, la integridad, el amor… básicamente los mismos que han sido transmitidos por generaciones a través de los grandes mitos. Una herramienta importante pero que hoy día parece insuficiente por sí sola, lo que le ha llevado a ser complementada por sensaciones de desesperanza ante las distintas crisis que invariablemente aquejan a todo el mundo como son el desempleo, la pobreza y el distanciamiento con las élites en el poder.

Nosotros que somos un puto descarte social“, clama Palermo previo a la entrada del ejército en La casa de papel, “que somos los grandes marginados de la historia: trans, delincuentes, arrabaleros, gays, balcánicos, latinoamericanos… ¿Qué carajo nos van a decir lo que es perder?” Un discurso climático dentro de la ficción, pero también un grito de batalla que exige la unión de absolutamente todos para salir adelante. Con estas bases narrativas, a nadie debería sorprender que ésta se convirtiera en la serie más vista de todo el mundo y más importante aún, en un fenómeno cuyos símbolos como son las caretas de Dalí o el Bella Ciao han sido trasladados a la realidad en incontables ocasiones.

Rompiendo barreras y abriendo mercados

Son muchos los creativos que se han mostrado ansiosos por contar historias que abarquen un mayor número de audiencias, pero la tendencia también tiene un lado menos romántico. En un mundo cada vez más globalizado, los grandes estudios no pueden ser indiferentes a los beneficios que les brindan los distintos mercados. Algo palpable en la segmentación, con títulos que apuntan de lleno a las audiencias afroamericanas o femeninas, pero también a la expansión de fronteras para garantizar la conquista de mercados sumamente fructíferos como el latinoamericano y el asiático.

No hay mejor ejemplo que China, cuyo público representa el 25.4% de la taquilla global, superando incluso a los Estados Unidos en recaudación. Es por esto que tantas producciones han hecho de todo por complacer a las audiencias del gigante asiático a lo largo del siglo XXI, lo que puede apreciarse en producciones ubicadas en el territorio como Kung Fu Panda (2008) o Mulan (2020), la presencia de actores chinos de gran popularidad como Fan Bing-bing en X-Men: Días del futuro pasado (2014) o tramas apoyadas fuertemente en su cultura e ideología como Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos (2021).

No menos importante es el streaming, cuyas propiedades han facilitado la internacionalización de contenidos que en otros tiempos habrían estado limitados a la transmisión local. Tal ha sido el caso de títulos como El Ministerio del Tiempo, El tiempo entre costuras, Merlí y la ya mencionada La Casa de Papel, todas ellas concebidas para la televisión española y potenciadas con el respaldo de distintas plataformas. La respuesta ha sido tal que hoy día son muchos los sistemas que producen sus propias series internacionales. Tal es el caso de Netflix que estableciera en Madrid su primera sede de producción europea, con planes para estrenar entre nueve y once series ibéricas al año, además de cuatro películas originales.

Los riesgos de una industria globalizada

La globalización de películas y series no está exenta de debates. De inicio, las fórmulas hollywoodenses no siempre funcionan porque es imposible que la industria norteamericana entienda plenamente la identidad de un país distinto. Esto ha resultado en acusaciones de apropiación cultural como fue el caso de La gran muralla (2017) que tuvo a Matt Damon como protagonista o de whitewashing como sucedió con Ghost in the Shell (2017) con Scarlett Johansson en el rol estelar.

Aunque la globalización también puede potenciar el éxito de títulos internacionales, pero a costa de producciones locales en un mercado cada vez más saturado. Tal es el caso de El Juego del Calamar cuyo éxito global invariablemente ha reducido el diálogo en torno a otros proyectos como sería el caso de La Fortuna en España. Ni qué decir de la imitación, por no decir repetición o incluso copia. Esto ya no solo implica los incontables remakes estadounidenses que han intentado emular lo hecho por éxitos internacionales de distintas latitudes como Ju-on (2002), Oldboy (2003) o [REC] (2007), muchas veces con resultados desastrosos, sino que ahora se extiende a otras industrias. Un ejemplo es el empresario Simón Levy quien está en busca de “un guion y/o proyecto formal que refleje el juego del calamar mexicano con toda la realidad de México y Latam sin nada de exageración”. Un anuncio que ha sido criticado por muchos en redes quienes piensan que cada país debería aprovechar sus industrias para relatar sus propias historias.

Aunque la cantidad de películas y series internacionales que hoy pueden verse en todo el mundo es avasallante, la globalización del entretenimiento apenas está en sus primeros pasos. Es por esto que hoy más que nunca las decisiones de los estudios, pero también del público, serán decisivas para moldear la industrial del mañana.

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