Halloween: la mejor forma de americanizar al mundo

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Las tradiciones son fundamentales para preservar la esencia de las distintas culturas del mundo, pero lo cierto es que muchas de ellas están en riesgo de mutar o desaparecer ante el continuo avance de la globalización. Incluso la UNESCO, relacionada con la protección de los sitios más representativos de cada país, creó a inicios del Siglo XXI un departamento especializado en la salvaguardia del patrimonio cultural intangible –o en otras palabras, tradiciones– con el que intenta garantizar la subsistencia de las prácticas más variadas. Una de las mejores maneras de entender esta preocupación es con el Halloween.

Nadie dudaría que el Día de muertos o el Día de todos los santos tienen orígenes ancestrales, pero tal vez no todos estarían tan seguros del Halloween. Después de todo, la Noche de brujas suele estar más relacionadas con la fiesta que con la tradición, al grado que su simple mención hace pensar en todo tipo de disfraces, casas decoradas con motivos fantasmagóricos y muchas, muchas golosinas.

Pero lo cierto es que las bases del Halloween sí que se remontan varios siglos atrás. Una fusión de la Fiesta de los muertos celebrada por los druidas celtas en honor al dios Samhain y el Día de todos los santos cristiano con el que se recuerda a los difuntos, mejor conocido en el mundo anglosajón como All Hallow’s Eve.

Sus elementos más representativos también parten de bases culturales bien establecidas. El disfraz, el truco o trato y el Jack-o’-lantern, todas prácticas de origen irlandés con las que se conmemoraba a los difuntos al tiempo que se evitaba la amenaza de malos espíritus.

Bajo esta premisa, el Halloween bien debe considerarse también una de las tradiciones más conocidas alrededor del mundo, quizá sólo rebasada por la Navidad. Un impacto global que no comparten otras conmemoraciones a los difuntos como el Mahalaya indio, el Boon Para Wate tailandés o el Chingming chino y que incluso le ha llevado a ser replicada en distintos países o en algunos casos adaptada conforme a las costumbres locales. Tal es el caso de México, donde numerosas personas maquilladas de calaveras en franca fusión con el Día de muertos.

La tradición salta a la pantalla

La popularización mundial del Halloween suele ser atribuida a su carácter netamente festivo y poco ceremonioso en comparación con otras conmemoraciones en honor a los difuntos, lo que invariablemente lo torna más atractivo para las nuevas generaciones. Una lectura certera pero simplista que no suele considerar la exportación ideológica desde el entretenimiento. Después de todo, no está de más recordar que el cine y la televisión estadounidense han convertido este festejo en escenario de, literalmente, toda clase de historias.

Las más básicas, vistas casi netamente en las series de comedia, suelen centrarse en las distintas desventuras de los protagonistas antes o durante una fiesta de Noche de brujas. Modestas pero suficientemente atractivas para una audiencia mundial que contempla con fascinación la sofisticación de los disfraces y los decorados norteamericanos. Su impacto es tal que existen incontables shows con episodios especiales al respecto.

Las emociones aumentan con una amplia gama de historias dotadas de mensajes universales. Tal es el caso de Halloween (1978) cuyo carácter preventivo fue determinante para la concepción de la final girl definitiva en la figura de Laurie Strode (Jamie Lee Curtis) o El extraño mundo de Jack (1993) cuyos elementos reflexivos en torno a la desidia, la obsesión y la redefinición de uno mismo le han valido el estatus de culto.

Pero si hay algo que caracteriza al audiovisual halloweenesco es el culto que rinde a la tradición y con ello a lo paranormal, lo fantasmagórico y lo muerto. Una lectura que puede apreciarse en títulos tan variados como Hocus Pocus (1993) donde un joven citadino desafía las viejas leyendas o Trick ‘r Treat (2007) compuesta por historias entrelazadas por “un espeluznante niño-monstruo-calabaza oculto tras una máscara de arpillera y con ojos de botón […]. Es un personaje intrigante con su piruleta en forma de media luna afilada como una cuchilla de afeitar. Sam es el demonio guardián de la tradición de Halloween” [vía].

Tramas sustentadas en la conexión directa con el más allá. Después de todo, el Halloween, como casi todas las celebraciones relacionadas con los difuntos, se centran en el difuminado temporal de la barrera que separa el mundo de los vivos y el de los muertos. Pero a diferencia de otras tradiciones, estos finados no se muestran alegres por el reencuentro, sino “descontentos y lleno de envidia para con los suyos que han dejado atrás. Procuran vengarse de ellos, a veces por ofensas que se les han inferido aún en vida, pero a menudo también por el mero hecho de que ya no están vivos. La envidia de los muertos es lo que más temen los vivos”. [vía] Murder House y Freak Show, dos de las mejores temporadas de American Horror Story, son buen ejemplo de ello.

Crédito: FX

Esto y el hecho de que los espíritus de los muertos no vienen solos. No olvidemos que muchas de las películas más perturbadoras como El exorcista (1973), Poltergeist (1982) o Siniestro (2012) se desarrollan en pleno Halloween. Para algunos no es más que una estrategia mercadológica, aunque para otros es un fiel reflejo de una fecha íntimamente vinculada con lo sobrenatural, pero también con el mal. Tal es el caso de Ralph Sarchie, discípulo de Ed y Lorraine Warren y cuyo libro de no ficción Deliver Us from Evil inspirara la película demoniaca homónima.

Odio Halloween“, confiesa el policía convertido en demonólogo [vía]. “Todos los pervertidos y locos de Nueva York piensan que es temporada de caza de niños […]. Pero por horribles que puedan ser los crímenes del hombre –y en mis 16 años en la fuerza, he visto más sangre de lo que cualquiera podría imaginar– no son el único mal que se intensifica el 31 de octubre […]. El antiguo pavor hacia esta fecha va más allá del folclor o la superstición, así lo descubrí cuando empecé en lo que llamo ‘el trabajo’: investigar casas embrujadas y posesiones demoniacas. Casi invariablemente, la carga de trabajo aumenta hacia finales de octubre, ya sea en Halloween o el día anterior, que también es conocido como la Noche del demonio“.

El factor miedo

Mucho se ha hablado sobre la afición humana por el miedo, que en dosis reguladas genera una sensación de bienestar. Un debate que casi siempre conduce a las películas y series de terror, cuyas bases ficticias permiten “acercarnos a emociones negativas de manera voluntaria y bajo circunstancias controladas” [vía]. Nuestro cerebro sabe que no hay peligro al verlas, lo que permite disfrutarlas e incluso analizarlas a un nivel subconsciente: con los protagonistas, sus situaciones y las acciones que conducen a la supervivencia o la muerte.

El Halloween no suele ser considerado en estos debates por tratarse de una festividad anual, pero una simple deconstrucción es suficiente para ver que la pasión suscitada se basa en premisas similares. Después de todo, se trata de una fecha que conecta con temores tan ancestrales como la muerte, los fantasmas y los demonios. A esto se suman las leyendas urbanas que dan una dosis de riesgo a la conmemoración, como la que habla de dulces envenenados o que ocultan navajas de afeitar, suscitada en los 40 y convertida en realidad en 1974 cuando el tejano Ronald Clarck O’Brian –hoy conocido como Candyman– envenenó a su hijo con caramelo impregnado de cianuro. Repartió muchos otros para ocultar el crimen y aunque no hubo más víctimas, hoy día se piensa que es una práctica recurrente a lo largo y ancho del país. Ni qué decir de los rumores suscitados en la Noche de brujas de 2001 que hablaban de un inminente atentado terrorista en un centro comercial, consecuencia directa del nerviosismo post 9/11.

El Halloween es diversión, pero también es terror. De lo humano y lo sobrenatural. Una combinación de viejos y nuevos temores que, reavivados continuamente por el cine y las series, resultan en una noche adrenalínica y catártica en que lo vivo y lo muerto deambula de manera conjunta en un mismo plano. Una fiesta, sin duda y nadie quiere perdérsela.

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