¿Existen realmente las obras inadaptables?

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La literatura ha sido fuente de inspiración de incontables películas por generaciones. Como prueba basta un brevísimo vistazo a la historia del cine para recordar que algunos de los grandes clásicos de todos los tiempos, como Drácula, Lo que el viento se llevó, El padrino y El Señor de los Anillos, entre muchos otros, remontan sus orígenes al impreso. Una tendencia que, no está de más decirlo, ha sido replicada por numerosas series.

Pero como toda relación, el romance dista mucho de ser perfecto. Novelas, cuentos y comics han dado grandes éxitos al entretenimiento audiovisual, pero también le han provocado severos dolores de cabeza al obsesionarle con historias cuya traslación a la pantalla parece virtualmente imposible. Una situación más común de lo que parece y que responde al nombre de inadaptabilidad.

Los retos de una adaptación

La etiqueta de inadaptable aunque usual, no es nada sencilla de explicar. Se ha relacionado con la longevidad de las obras, un argumento recurrente para El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra y Ulises de James Joyce sean consideradas inviables, pero poco efectivo si consideramos que Peter Jackson emuló la base impresa de JRR Tolkien con una triple adaptación de El Señor de los Anillos, que Canción de hielo y fuego de George RR Martin descifró la fórmula para saltar a la pantalla como serie o que Denis Villeneuve segmentó Dune de Frank Herbert en dos entregas.

Se ha atribuido también a la complejidad de los personajes, razón por la cual JD Salinger siempre se mostró renuente a una adaptación de El guardián entre el centeno o Stephen King acusó a Stanley Kubrick de un pobre trabajo en El resplandor, lo que no impidió que el director británico comprendiera los dilemas internos de Lolita de Vladimir Nabokov o Paul Thomas Anderson de Vicio propio escrito por Thomas Pynchon. Finalmente está la incapacidad de replicar el carácter metafórico de un impreso que ha impedido la adaptación definitiva de La metamorfosis de Franz Kafka o de Paraíso perdido de John Milton, pero que para nada impidió que Terry Gilliam llevara a buen puerto Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson. ¡Incluso se considera el lenguaje! Una eterna limitante para Dune, pero determinante en la identidad de La naranja mecánica. Ambas publicaciones vienen acompañadas de un diccionario para ayudar a la comprensión de su terminología.

Menos superficial es la visión de Emily Apter, quien aprovecha su obra Against World Literature para atribuir la inadaptabilidad a “algo en el orden de lo ‘Increíble’, lo ‘Incontrolable, lo ‘Intocable’. Hay una cualidad de intransigencia semiótica militante asociada a lo intraducible”. Irónicamente, estas mismas barreras que entorpecen su tratamiento les tornan sumamente atractivos para la industria y para las audiencias por la revisión de contextos y valores que ofrecen. Tal es el caso de Watchmen de Alan Moore que permite una triple revisión sociopolítica con la Guerra Fría como marco de las acciones, la segunda mitad de los 80 en que se publicó la novela gráfica y la desesperanzadora primera década del Siglo XXI en que estrenó su adaptación. Ni qué decir de la ya mencionada y siempre desafiante Dune, cuya yihad –un término empleado por el propio Herbert– invita a todo tipo de reflexiones sobre las incontables guerras santas en la historia de la humanidad y que siguen suscitándose hasta nuestros días.

Entonces, ¿existen las obras inadaptables?

“No existe tal cosa”, se concluye en un debate recuperado por Kamilla Elliott para el libro Adaptation in Visual Culture: Images, texts, and their Multiple Worlds. “Hay algunos libros que no serán filmados, otros que no deberían serlo y hay muchos libros que tienen una relación endeble con su versión cinematográfica… historias completamente diferentes que sólo se adueñan del título. Con esto como punto de partida, todo puede ser filmado, desde el directorio telefónico hasta Finnegans Wake”.

Una aseveración controvertida pero cargada de verdad. La historia nos dice que la industria audiovisual no conoce de límites cuando de creatividad se trata, lo que puede apreciarse en los trabajos originales, pero también en el tratamiento otorgado a todo tipo de materiales preconcebidos. Algo palpable en adaptaciones presuntamente imposibles como Mafalda que trasladó exitosamente a la pantalla la tira cómica de Quino o Foundation que hizo lo propio con la saga de Isaac Asimov para ascender como la serie insignia de Apple TV+. Ni qué decir de los proyectos venideros como Neglected Murderesses que abordará la ecléctica obra de Edward Gorey o Cien años de soledad con la que Netflix llevará a la pantalla la obra cumbre de Gabriel García Márquez.

Todo puede ser filmado, desde el directorio telefónico hasta Finnegans Wake.

— Kamilla Elliott

A esto se suman los continuos avances técnicos. No olvidemos que hubo un tiempo en que Spider-Man fue inadaptable para un amo y señor de los VFX como James Cameron. Hoy día, el trepamuros es un personaje relativamente sencillo en comparación con otros superhéroes.

La inadaptabilidad es uno de los grandes mitos del entretenimiento. Es más bien el temor a la certeza de que ningún creativo será capaz de replicar lo imaginado por el lector, ni mucho menos las sensaciones generadas por la obra original. No necesariamente por falta de calidad, sino por las variantes propias al interior de cada persona, que además van cambiando con el cambio del contexto y el paso del tiempo. Esto porque la adaptación es, a fin de cuentas, una apropiación del material fuente. Y una vez contemplada, la imagen termina por imponerse. Perdámosles el miedo y disfrutémoslas como lo que son: acompañamientos y homenajes historias que nos han marcado por generaciones. Y nunca perdamos de vista que lo que hoy no pudo realizarse quizá pueda concretarse el día de mañana.

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