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¿A cuántos reboots y remakes estamos de volver a empezar toda la industria del cine?

Hace 11 meses
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Reboots y remakes. Dos términos que hace apenas unos años eran inusuales, que se han tornado cada vez más comunes en los diccionarios cinematográficos de las audiencias globales. Más allá de sus respectivas diferencias, ambos coinciden en una misma premisa: la reinvención de una misma historia, ya sea sólo en su base temática (reboot) o con prácticamente la misma trama (remake). Nociones controvertidas por la presunta falta de originalidad de una industria sustentada en la creatividad.

Es común escuchar que son muchos, pero pocas veces nos paramos a pensar en las cifras redondas. El 2017 marcó un pico preocupante para muchos con 46 películas basadas en audiovisuales preexistentes, 18 de los cuales eran reboots y remakes. Más curioso aún es que su tratamiento se torna cada vez más engañoso por su presencia en franquicias previas. Tal fue el caso de Spider-Man: De regreso a casa (2017), cuya pertenencia al MCU avalada por la presencia de Iron Man difuminó el hecho de que se trataba del segundo reboot arácnido en apenas cinco años.

La situación se torna aún más preocupante porque hubo un tiempo en que algunos títulos lucían intocables pero salvo contadísimas excepciones, esos estatus han quedado atrás. Un buen ejemplo es Nosferatu (1922), cuya condición de clásico no ha impedido dos reboots: el primero en 1979 bajo las órdenes de Werner Herzog y el recientemente confirmado bajo las órdenes de Robert Eggers. Ni que decir de Psicósis (1960), una de las joyas de la corona de Alfred Hitchcock y que motivara la infame versión de Gus Van Sant, cuya copia de secuencias completas le impidió escudarse bajo el argumento de que no era un remake sino una nueva adaptación. La televisión tampoco está exenta, como demuestran los dos reboots de La dimensión desconocida (1959), ninguno de los cuales ha podido siquiera acercarse a lo hecho por Rod Serling. A esto se suma que ni siquiera los grandes realizadores escapan de la tendencia, siendo Steven Spielberg el más reciente ejemplo de ello con su West Side Story (2021).

Con todo esto, son muchos los que se preguntan qué tan lejos estamos de llegar al reciclaje absoluto de historias. Algo que tal vez no acabe con las películas y las series, pero sí con la esencia de la que tantas veces se ha proclamado como la industria creativa del audiovisual. Más irónico es que la falta de ésta tal vez no sea el problema…

Explotación fílmica

El exceso de reboots y remakes no es realmente por falta de creatividad, sino la búsqueda de apuestas más seguras por parte de los inversionistas, quienes piensan que las fórmulas que ya han triunfado con anterioridad tienen más posibilidades de éxito que aquellas que no han sido comprobadas. Lo que en términos mercadológicos es descrito como un síntoma de que la explotación está rebasando la exploración. Es más común de lo que podríamos imaginar, al grado que pasa en todas las industrias, y también más arriesgado de lo que parece en primera instancia.

Moda, mobiliario, automotriz… Todos han caído en la práctica, pero el caso de los coches fue tan dramático que terminó convirtiéndose en un ejemplo de lo que no debe hacerse. La excesiva búsqueda de seguridad por parte de los fabricantes de automóviles de los Estados Unidos durante los 60 y 70, tanto en aspectos técnicos como en estéticos, resultó en una falta de innovaciones tan marcada que eventualmente provocó una dramática reducción en las ventas y en un franco retraso en comparación con sus competidores de otras partes del mundo.

Se teme que las películas y series vayan por este mismo camino, tanto así que incluso se ha especulado sobre un reciclaje de todo lo hecho hasta ahora. Pero hay buenas razones para creer que la historia no se repetirá del todo. Más allá de lo improbable por la cantidad de títulos realizados en poco más de un siglo de historia y por el hecho de que no todo tiene la calidad ni la popularidad necesaria para justificar el interés, el número de remakes y reboots estrenados cada año aún es considerablemente bajo en comparación con la producción total. Como prueba el mismo 2017, cuyas 18 historias recicladas apenas representan el 2.43% de las 740 cintas estrenadas ese mismo año.

No menos importante es que, aunque a veces no lo parezca, el público muestra cada vez más síntomas de agotamiento en torno a estas producciones. A menos que estén salpicadas de novedad, claro está…

La reinvención por encima del reciclaje

Los reboots y remakes no son una apuesta tan segura como muchos podrían pensar, pues todos ellos se enfrentan al duro obstáculo de la nostalgia. Podríamos dedicar un artículo entero a todos los proyectos que se han estampado contra este muro: Superman regresa (2006) fue criticado por su apego extremo al Superman (1978) de Christopher Reeve, mientras que El hombre de acero (2013) fue señalado por ser demasiado rompedor. Caso similar a los hombres murciélago de Val Kilmer, George Clooney y Ben Affleck, cuyos tropezones coincidieron con el reemplazo de encapotados que parecían definitivos como fue el caso de Michael Keaton y Christian Bale. Power Rangers (2017) fracasó en emular la esencia de la serie original; mientras que El muñeco diabólico de 2019 no tenía nada de diabólico al tratarse de una forma fallida de IA. Ni qué decir de El rey león, (2019) impecable en su aspecto técnico, pero atacada hasta el cansancio por su descarada calca del clásico animado, lo que no aportaba absolutamente nada al público.

Esta misma es la razón por la que el Spider-Man de Andrew Garfield fracasó mientras que el de Tom Holland ha triunfado, aun cuando ambos se enfrentan a la sombra de Tobey Maguire. El primero quiso innovar con Gwen Stacy, pero batalló al replicar la historia de origen que todos conocemos. El segundo descartó al tío Ben y las arañas radioactivas para irse de lleno por lo novedoso: la incursión del personaje en el MCU en un acuerdo sin precedentes, la especulación en torno al multiverso y el salto definitivo al mismo. Ambos fueron reboots, pero cada uno abordó el concepto de distinta manera: uno desde la seguridad y otro desde la novedad. Y el público habló. Caso similar al de La momia (1999) de Brendan Fraser, que refrescó al monstruo clásico de Boris Karloff al abordarlo desde la acción, lo que años más tarde fue imitado por Tom Cruise de forma desastrosa.

Y claro, tampoco olvidemos la fascinación que aún genera el cine original. Tal sería el caso de Parásitos (2019), que para nada fue concebida como una película masiva, pero que terminó convirtiéndose en todo un fenómeno global. Cineastas como Edgar Wright y Quentin Tarantino también han defendido esta premisa hasta el cansancio, lo que ha resultado en algunos de los filmes más ovacionados de los últimos veinte años.

Los registros señalan que el primer remake de la historia se remonta a 1896, con Partie d’écarté de Louis Lumière recreada por Georges Méliès en Une partie de cartes, ambas estrenadas a sólo unos meses de distancia. Bajo esta misma premisa, no hay razón para pensar que los remakes y reboots desaparecerán, y eso está bien, siempre que estos busquen la manera de innovar dentro de lo preestablecido, de reinventar en lugar de reciclar. La historia del cine nos dice que es posible, con títulos como Los infiltrados (2006), La mosca (1986), Caracortada (1983), La cosa de otro mundo (1982) y El halcón maltés (1941) superando claramente a sus versiones originales. No los despreciemos y en su lugar exijámosles para garantizar la subsistencia de una auténtica industria creativa.

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