Los servicios secretos en cine y TV: la violencia y la paranoia del siglo XX

Hace 4 semanas
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La popularidad de los distintos géneros y subgéneros cinematográficos varía según las necesidades de cada contexto. El cine de servicios secretos, ya sean espías o agentes, no es la excepción, pues sus propiedades se potencian en momentos muy concretos: tensión prebélica entre potencias o grandes bloques mundiales. Una situación que, desafortunadamente, le convirtió en toda una tendencia a lo largo de un Siglo XX regido por el conflicto.

Su primer pico de popularidad inicia muy temprano en la historia del celuloide. Tanto así que conecta directamente con sus bases impresas, la literatura de la invasión, género literario comprendido entre 1871 y 1918 que aborda los temores de ataques extranjeros, muchos de ellos desde la sutileza del espionaje. Publicaciones como The Battle of Dorking (1871) de G.T. Chesney, The Great War in 1897 (1894) de Willian Le Queux, Kim (1901) de Rudyard Kipling y Riddle of the Sands (1904) y The Secret Agent (1907) de Joseph Conrad son solo algunos ejemplos clásicos, los cuales alcanzan tal popularidad que desembocan en otros formatos como el teatro y muy especialmente el cine.

O.H.M.S. (1913), The German Spy Peril (1914) y An Englishman’s Home (1914) son solo algunos de los títulos que reflejaban las crecientes diferencias entre Francia, Rusia y Reino Unido, siendo este último el que más profundizó en el tema. Los británicos eran la potencia dominante de la época, pero los últimos años del gobierno de la Reina Victoria y la política exterior de “espléndido aislamiento” decretada por las autoridades propició el rechazo directo al extranjero y muy especialmente a todos aquellos países que podían usurpar el poder. Irónicamente, estos tres países terminarían convirtiéndose en aliados en la primera década del Siglo XX ante el ascenso de una cada vez más poderosa Alemania, que apoyada en una fuerte armada naval, despertó los peores temores en Europa, muchos de los cuales fueron trasladados a la joven pantalla grande.

Pero el cine de espías no desplegaría todo su potencial sino hasta unos años después, apoyada por tres factores determinantes. La consolidación de la industria cinematográfica, las tensiones propias del periodo de entreguerras potenciadas al máximo en los 30 con la llegada del nazismo y el enorme talento de Alfred Hitchcock. Si bien fueron muchos los creativos interesados en el espionaje, el llamado maestro del suspenso lo hizo desde distintos ángulos antes y durante la II Guerra Mundial. Títulos como El hombre que sabía demasiado (1934), Los 39 escalones (1935), La dama desaparece (1938) y Saboteador (1942) mostraron a civiles sumidos en toda clase de conspiraciones; Agente secreto (1936) y Tuyo es mi corazón (1942), mejor conocida como Notorious, se centraron en espías profesionales. Mención aparte para esta última película, que estrenada en el periodo de la posguerra, fue determinante para encender de lleno la llama de la paranoia rumbo al punto más alto del subgénero. Y es que la guerra había terminado, pero la amenaza seguía ahí…

Inicia la Guerra Fría

La II Guerra Mundial terminó en medio de la incertidumbre. El Eje fue derrotado, pero muchos de sus líderes escaparon hacia distintos países del mundo. Más preocupante aún es que la bomba atómica usada para concluir el conflicto sentó las bases para el inicio de la Guerra Fría, un periodo de tensiones entre los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. Cada una buscaba convertirse en primera potencia mundial con la imposición de su ideología y su sistema económico.

El nerviosismo de la sociedad occidental se vio favorecido por las continuas advertencias de los gobiernos que hablaban de soviéticos infiltrados en distintos territorios y que invitaban a la gente a estar atenta de posibles actividades sospechosas. Una responsabilidad tan grande para las personas comunes y corrientes, que desembocó en la exploración de una nueva figura desde la ficción: el agente secreto.

Se trata de un heredero directo del espía, pero con la diferencia de que mientras la labor de este se limita recopilar y transmitir de información obtenida a partir de la observación, el agente está entrenado y autorizado para actuar. Los primeros del mundo moderno se remontan a la Revolución Rusa, pero su salto a la ficción audiovisual solo cobró sentido cuando el imaginario colectivo tenía necesidad de un personaje así. Héroes que podían actuar fuera de los protocolos para garantizar la seguridad del mundo accidental ante una amenaza comunista.

La tendencia incluye series como The Avengers (1961-1969), The Man from U.N.C.L.E. (1964-1968) y Mission: Impossible (1966-1973), centradas en emisarios de los gobiernos americano y británico para salvaguardar sus intereses. Más famoso fue el caso de James Bond, creado en 1953 por el novelista Ian Fleming y adaptado por primera vez al cine en El satánico Dr. No (1962).

Si hoy es uno de los personajes más populares en la historia del cine y protagonista de una de las franquicias fílmicas más longevas que actualmente acumula 25 entregas, se debe en buena parte a su capacidad para solucionar toda clase de misiones imposibles, pero también a su idealización de la masculinidad: un individuo refinado, amante del Martini –agitado no mezclado– y rodeado de hermosas mujeres a las que conquista sin ningún problema pero con las que no mantiene ninguna conexión emocional. Y claro, equipado con todo tipo gadgets y dotado además de una licencia para matar. Una construcción narrativa que por años le convirtió en el agente secreto por excelencia, pero que invariablemente cambió con la caída del bloque soviético en 1989 y la transición al Siglo XXI.

Los nuevos retos del agente secreto

Tras una serie de altibajos hacia finales del Siglo XX, casi parece sencillo entender que el agente secreto entrara en una nueva dorada con la llegada del Siglo XXI. Después de todo, ¿quién mejor que estos personajes para detener la amenaza terrorista? La verdadera respuesta a esta pregunta es el superhéroe, pues la naturaleza del agente secreto y un breve repaso a su más reciente filmografía demuestran que el verdadero objetivo de esta figura ha apuntado a otro tipo de paranoias.

La primera fue la desconfianza del gobierno norteamericano surgida de las incontables teorías de conspiración que rodearon al 9/11 y enaltecidas por la posterior guerra contra el terror que nunca encontró armas de destrucción masiva. Sensaciones reflejadas con destreza por Jason Bourne, un hombre entrenado para matar en misiones clandestinas, pero que se convierte en blanco de los suyos tras fracasar en su más reciente tarea.

Todos estos sucesos también contribuyeron a la maduración de viejos temores como fue el caso de los ataques biológicos. Como ejemplo basta recordar lo hecho por Misión: Imposible 2 (2000) cuya búsqueda del virus Chimera se asienta de lleno en la acción, mientras que Misión: Imposible 3 (2006) se apoya también en las bases del thriller para mostrar a un Ethan Hunt más aterrizado en sus esfuerzos por encontrar el compuesto químico conocido como Rabbit’s Foot. Más destacado es que en esta tercera entrega los intereses del agente no se limitan a la salvación del mundo, sino que incluyen el rescate de su propia pareja sentimental, reflejo de héroes más humanos que, al igual que todos nosotros, tienen mucho que perder ante las nuevas y cada vez más recurrentes crisis mundiales. Una evolución que también se apreció en Casino Royale (2006), con el siempre solitario James Bond fracasando en sus esfuerzos de salvar a Vesper Lynd, un elemento clave en la construcción del 007 de Daniel Craig.

Más recientemente, los agentes secretos de la ficción han puesto la mira en la lucha contra la dominación desde el terreno tecnológico. Una consecuencia directa de las revelaciones realizadas por Edward Snowden en 2013 en las que alertó sobre la vigilancia masiva realizada por la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. A esto se suman las preocupaciones surgidas del uso cotidiano de internet, con Facebook, Amazon Prime Video, Netflix y más usando toda clase de algoritmos para hacerse con información de los usuarios. Ni qué decir de los hackers, cuyos ataques se tornan cada vez más seguidos y peligrosos, algo lógico para un mundo netamente conectado. Miedos palpables en Misión: Imposible – Nación secreta (2015) que captura los peligros de un programa gubernamental fallido o Kingsman (2015) cuyo villano busca la dominación mundial a partir de los celulares.

Y finalmente el eterno miedo a la aniquilación nuclear, surgido de la Guerra Fría, enaltecido por las crecientes tensiones provenientes de Corea del Norte y la propia Rusia, y reflejado por cintas como El agente de C.I.P.O.L. (2015) y Misión: Imposible – Repercusión (2018). Incluso Tenet (2020), que sin centrarse en la energía atómica, captura perfectamente la tecnofobia surgida de los avances bélicos.

Parece cuestión de tiempo para que alguien presione el botón que desencadene el próximo gran conflicto o peor aún, la aniquilación global. No es casualidad que los agentes secretos brillen en estos contextos, pues su existencia, aunque sea en el terreno de la ficción, ayuda a lidiar con estas tensiones para brindar una sensación de seguridad en un mundo cada vez más complejo y hostil.

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