Religión y artes audiovisuales: una relación de amor y odio

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“El cine siempre ha estado interesado en Dios“. Las palabras del crítico y teórico André Bazin podrán sonar exageradas para algunos, pero basta un breve recorrido por la historia del celuloide para probar su veracidad. Después de todo, la primera década de la naciente industria fílmica dejó al menos media docena de películas que exploraron la vida y la pasión de Jesús. Desde entonces, algunos de los grandes creativos de todos los tiempos han abordado el tema desde distintos ángulos, en una lista que incluye nombres como Louis Lumière, D. W. Griffith, Cecil B. DeMille, George StevensMartin Scorsese y Mel Gibson. Aunque este artículo se centrará netamente en el catolicismo, no queremos dejar de mencionar a todos aquellos cineastas de otras latitudes que han ahondado en el pensamiento religioso de sus respectivas culturas.

La relación, aunque añeja, nunca ha sido del todo sencilla. Primero porque la experiencia cinematográfica y televisiva es tan intensa que numerosos analistas culturales la han considerado una religión en sí misma. Esto al argumentar que tiene la capacidad de crear sus propios dioses y mitos, ya sea dentro de la pantalla con elegidos por viejas profecías como Anakin Skywalker, Neo o Harry Potter, o fuera de ella con las grandes estrellas de todos los tiempos idolatradas como si de auténticas deidades se tratara. Un comparativo que, sobra decirlo, nunca ha sido bien recibido por la iglesia.

No menos sensibles han sido las distintas exploraciones realizadas desde la industria audiovisual. Esto incluye toda clase de adaptaciones a la vida, muerte y resurrección de Cristo, algunas sumamente respetuosas con los cánones eclesiásticos como La más grande historia jamás contada (1965), otras altamente controvertidas como Jesucristo superestrella (1973) que abordó la pasión desde un enfoque musical; La vida de Brian (1979) con una serie de irreverentes confusiones en torno a la identidad del salvador; La pasión de Cristo (2004) señalada por su brutalidad y su presunto antisemitismo; o María Magdalena (2018) que especula sobre la actitud misógina de algunos apóstoles.

Todas se quedan cortas frente a La última tentación de Cristo (1988) con un mesías que deambula peligrosamente en la línea que divide la divinidad y la humanidad: duda, manifestación de miedo y debilidades, cuestiona su destino y siente deseos, tanto amorosos como carnales, por Magdalena. Una combinación que conduce al matrimonio y al acto sexual. Y claro, a la ira de la iglesia. El autor de la novela que la inspira fue excomulgado y aunque Martin Scorsese no corrió el mismo destino, no ha podido evitar que su cinta sea etiquetada de blasfema por las autoridades eclesiásticas, así como por muchas personas que han hecho todo tipo de esfuerzos por evitar sus proyecciones, incluyendo ataques de naturaleza terrorista.

Las exploraciones no terminan con Jesús, sino que se extienden por incontables figuras bíblicas como Adán y Eva (Adán y Eva, 1956), Moisés (Los diez mandamientos, 1956) y los ángeles. La posición de estos últimos ha sido especialmente fascinante, pues ya sea desde el drama (Soldados de Dios, 1995), la acción (Constantine, 2005) o la comedia (Dogma, 1999; Miracle Workers, 2019), estos seres celestiales han sido aprovechados para retratar una humanidad profundamente imperfecta que quizá no merezca la salvación ni el eterno favor de Dios.

Pruebas de fe

Los audiovisuales religiosos no son sólo aquellos que giran alrededor de la vida de Jesús y las distintas figuras bíblicas, sino también de su legado. O lo que es lo mismo, de la fe. ¿Pero cómo plasmar en pantalla algo tan complejo e intangible como son una serie de creencias? La industria ha descifrado muchos modos de hacerlo. Con títulos amables, como Marcelino pan y vino (1955) o El cristo del océano (1971), sobre niños inocentes que se acercan al salvador mediante auténticos milagros de los que ni siquiera son conscientes. Aunque ambas gozan del estatus de clásico, este tipo de narrativas ha caído en el desuso por el desinterés de la audiencia generalizada que prefiere otro tipo de tramas. Un ejemplo de ello es la cruda Saint Maud (2019), sobre una joven enfermera que convencida de su cercanía con Dios se obsesiona con salvar el alma de una paciente terminal.

Aunque si de cuestionamientos a la fe humana se trata, pocas figuras tan efectivas como los propios eclesiásticos. Como el trágico Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) en Silencio (2016) que temeroso de perder su vida mantiene sus creencias religiosas precisamente así, en silencio y en secreto. Ni qué decir del atormentado Ernst Toller (Ethan Hawke) de El reverendo (2017), cuyas dudas le llevan a cuestionarse a sí mismo con la poderosísima frase “¿nos perdonará Dios?”, una duda que es arrojada a sus fieles tras ser colocada en el tablón de anuncios de su iglesia.

Pocas crisis tan impactantes como la de Damien Karras (Jason Miller) en El exorcista (1973), convertida en una película de terror por el público y la crítica, cuando fue concebida como una historia de fe por el director William Friedkin y el escritor de la novela que la inspira William Peter Blatty. Así lo aseguró este último al asegurar que la obra fue realizada en un momento de dolor en que “describía mi fe como una mera esperanza en lugar de una ideología sólida. Intentaba hacer un trabajo casi apostólico, ayudar a otros con su propia fe“. Una labor palpable en la férrea lucha contra el demonio, pero también en las palabras de Lankester Merrin (Max von Sydow): “pienso que el creer en Dios no tiene nada que ver con la razón, sino que en última instancia, es una cuestión de amor“.

Si de sacerdotes se trata, resulta difícil decir si los títulos que muestran abusos físicos y sexuales de estas y otras figuras de la iglesia deben ser considerados como proyectos de corte religioso. El consenso generalizado dicta que no por tratarse de crímenes desde una posición de poder, lo que también podría aplicarse para políticos o jefes laborales. Aun así, su mención no está de más, especialmente en un mundo contemporáneo donde la iglesia realiza grandes esfuerzos por evitar las investigaciones que indaguen en los distintos tipos de abusos. Mientras esto se aclara, títulos como En el nombre de Dios (2002), En primera plana (2015) y Por la gracia de Dios (2018) se han convertido en una poderosísima herramienta para dar voz a las víctimas. Menos piadosa ha sido la industria con la crítica religiosa desde la sociedad.

Dilemas divinos

Existe la noción de que las religiones de antaño eran brutales con sus castigos y sacrificios, pero lo cierto es que la iglesia católica no se queda muy atrás. Y es que como bien dice Leigh Teabing (Ian McKellen) en El código DaVinci (2006), “desde que ha habido un Dios verdadero han habido asesinatos en su nombre“. Sus palabras son sólo un pequeñísimo reflejo de una humanidad imperfecta que no se cansa de cometer toda clase de atrocidades en el nombre de sus divinidades. La adaptación de la novela homónima de Dan Brown da buena cuenta de ello con un sangriento recorrido por la historia de la religión mediante un debate entre el citado personaje y Robert Langdon (Tom Hanks).

No menos crítica es la incomprendida Cruzada (2005) que juzga con dureza las fragilidades y los intereses de un catolicismo cuyo carácter divino se difumina entre la franca imperfección humana. “Me ha enseñado mucho sobre la religión, su eminencia“, dice un desencantado Balian de Ibelin (Orlando Bloom) ante las continuas incoherencias de un sacerdote incapaz de mantener su fe cuando su rebaño más le necesita. Una situación que le hace pensar y cuestionarse sobre los distintos ideales religiosos y cuáles son los más sagrados, reflexiones que invariablemente le convierten en un blasfemo y en una amenaza para la institución.

Más intimista, pero no por ello menos poderosa es Camino (2008) sobre una niña que enfrenta un tumor maligno con esperanza gracias a sus profundas creencias religiosas, pero también con unas mínimas posibilidades de victoria por el fanatismo de sus padres que prefieren dejar a su hija en manos de Dios que en las de los médicos. Una película que cuestiona hasta dónde se es capaz de llegar en nombre de la religión, lo que le llevó a ser señalada por el Opus Dei de una presunta distorsión de la fe.

¿Quién es Dios y quién es el hombre?“, se cuestiona una desesperada Sophie Neveu (Audrey Tautou) en la ya mencionada El Código DaVinci. Una pregunta por la que muchos han padecido y que acumula más de dos milenios en espera de su respuesta. Con una relación que deambula entre el amor y el odio, tal vez la industria del cine y la televisión nos ayuden a contestarla.

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