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Mercy Black

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Una nueva versión de Slender Man con una premisa interesante, pero…

Hace 5 meses
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Al ver Mercy Black (La posesión de Mercy Black, 2019) es inevitable recordar el crimen real cometido por dos niñas de Wisconsin en 2014. Bajo el argumento de que Slender Man las había obligado, Anissa E. Weier y Morgan E. Geyser acuchillaron 19 veces a su amiga Payton Leutner, quien en ese entonces tenía tan sólo 12 años de edad; afortunadamente, Leutner sobrevivió al ataque. A pesar de que Weier y Geyser fueron encontradas inocentes bajo el argumento de estar enfermas mentalmente, ellas fueron sentenciadas a un psiquiátrico donde permanecerán gran parte de sus vidas.

Este caso es importante de mencionar porque cualquiera que conozca el impacto que estas creepypastas tuvieron en la cultura popular, se dará cuenta de los grandes préstamos que usó Owen Egerton (Blood Fest) para escribir y dirigir su película. Y sí, el cine –especialmente el de terror– constantemente se nutre de eventos reales para contar sus historias; sin embargo, Mercy Black se siente como un trabajo poco original que ni siquiera hace el esfuerzo por “esconder” sus influencias y que además se ve como un producto derivado de otras cintas que tratan los mismos temas de manera más compleja y escalofriante.

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Mercy Black cuenta la historia de Marina Hess (Daniella Pineda), una mujer que después de pasar 15 años en un psiquiátrico recibe la oportunidad de regresar a vivir con su hermana, Alice (Elle LaMont), y su sobrino, Bryce (Miles Emmons). Al inicio, Marina parece haber superado la ilusión que tenía de Mercy Black, un ente que ella y sus amigas crearon a partir de los traumas que vivían de niñas y que pensaban las protegería a cambio de varias ofrendas. Sin embargo, a su regreso al mundo real, Marina comienza a notar la extraña conducta de Bryce, su sobrino, quien le sugiere que Mercy Black podría no ser un invento de su imaginación. Esta advertencia lleva a Marina a confrontar su pasado al mismo tiempo que Mercy Black amenaza con poner en peligro a sus seres queridos una vez más.

El filme inicia con una conversación interesante entre Marina y su psiquiatra, la Dra. Ward (Janeane Garofalo), acerca de la importancia de las creencias para el ser humano. De acuerdo a la Dra. Ward, todos necesitan creer en algo y esto es totalmente natural. Dicho diálogo tiene una relación importante con el crimen que el personaje de Marina cometió cuando era niña, ya que ella y sus amigas crearon a Mercy bajo la premisa de que esta figura las protegería de lo que estaban sufriendo en ese momento. Con estos elementos, Mercy Black tenía bases sólidas para contar una película de terror que si bien no iba a descubrir el hilo negro, podría haber planteado una interesante exploración de las enfermedades mentales y las creencias a partir del miedo.

Técnicamente, Mercy Black también tiene una manufactura que sobresale entre otros proyectos del género más conocidos y con mayor presupuesto. La cámara de Ellie Ann Fenton hace un uso inteligente de las pocas locaciones que tiene la cinta y, hasta cierto punto (porque el guion no se lo permite), también construye una atmósfera en la que existe la posibilidad de experimentar terror. Asimismo, la iluminación de Mercy Black destaca porque incluso en sus escenarios oscuros, permite distinguir al público todo lo que sucede en la pantalla grande. La iluminación podría parecer un mínimo detalle, pero en el género de terror, esta característica puede ayudar o perjudicar una película en un instante. En este tema, tan sólo basta comparar Mercy Black con Ready or Not, película que estrenó en México hace un par de semanas y que, a pesar de ser un proyecto más grande en todos los sentidos, tiene una pésima iluminación que hace que la cinta se vea barata. En Mercy Black ocurre lo contrario: aunque por la gente involucrada se nota que es un proyecto de bajo presupuesto, la cámara y la iluminación del filme ayudan a que este se vea mucho mejor de lo que debería.

Pero...

A pesar de todas las promesas que hace con sus distintos elementos técnicos y narrativos, Mercy Black opta por el camino fácil: el del jump scare que asusta de inmediato pero que no eriza la piel del espectador. El guion no se muestra en absoluto interesado en explorar los temas que plantea al inicio y prefiere pasar a los sustos tan pronto sea posible. Además, la película aparenta que su personaje principal tiene una transformación a lo largo de la cinta, pero esta evolución no resulta creíble para el espectador, ya que no existen los elementos suficientes (díganse escenas, conversaciones o situaciones) que argumenten el cambio de actitud que existe entre la Marina que vemos al principio y la que se enfrenta a Mercy al final de la historia.

En lo que refiere a Mercy, esta tiene una construcción bastante interesante (el de una figura que las niñas construyen para lidiar con sus traumas), pero el guion echa por la borda esta idea para convertirla en el conocido ente sobrenatural que sólo busca traer caos a todos los personajes que se cruzan en su camino. Si Mercy no es únicamente el trauma de las niñas, ¿entonces qué es? Por la última escena podemos inferir que hay una historia acerca de ella que la película nunca se molestó en contarnos y, en consecuencia, resulta totalmente irrelevante el que Mercy tenga la posibilidad de ser algo más que el trauma personificado de las niñas. Por decirlo de una manera más simple: el desenlace plantea una lectura distinta de la película que no tiene sustento alguno porque todo lo que la historia había construido hasta ese momento apuntaba hacia otra dirección.

Finalmente, las actuaciones también dejan mucho que desear. Daniella Pineda, quien interpreta a Marina, tiene varias escenas en las que debe estar asustada, pero que se ven fingidas. Elle LaMont, quien interpreta a Alice, también tiene un par de escenas que en lugar de transmitir terror, poseen un humor involuntario gracias a su actuación y a la extraña coreografía que realiza cuando su personaje es atacado por el espíritu de Mercy. Sobra decir que la no-tan-sorpresiva aparición de un personaje que se creía muerto durante el clímax de la película, es probablemente lo menos creíble de todos los procedimientos gracias a su intérprete, Lee Eddy, quien confunde interpreta la locura que vive su personaje de forma muy obvia.

Veredicto

Desgraciadamente, lo más escalofriante de Mercy Black no es su monstruo titular sino las malas actuaciones que lo acompañan y un guion que no construye ningún tipo de suspenso o terror con todos los elementos que tiene a su disposición. La historia que Mercy Black cuenta a través de flashbacks (sobre cómo las niñas decidieron lastimar a una de ellas para ofrecerla a Mercy) suena mucho más interesante de ver que el producto final, el cual, hasta la última escena, nunca decide si quiere ser una película de terror sobrenatural o una película de terror slasher. Este titubeo que se ve a lo largo de la película demerita cualquier intento por hacer de Mercy Black una figura memorable y aterradora como aquella en la que está basada y que inspiró no sólo crímenes en la vida real sino también un par de adaptaciones en el cine bastante regulares que, con todos sus errores, superan a este proyecto en todos los sentidos.

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