¿Quién dice que los libros son mejores que sus adaptaciones audiovisuales?

Hace 1 mes
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Todos hemos escuchado alguna vez (y, por qué no, hasta hemos dicho alguna vez) “sí, muy bueno lo que hicieron, pero el libro es mejor. En general, cuando nos enfrentamos a una adaptación literaria a la pantalla grande o a la pantalla chica, es inevitable que los fans acérrimos de la primera defiendan la superioridad de la obra escrita por sobre la audiovisual. Sin embargo, ¿son realmente dos productos comparables? ¿Son complementarios? ¿O se trata de dos obras completamente diferentes?

Lo cierto es que literatura, cine y televisión han estado entrelazados desde siempre. Desde el 1900 el cine ha tomado inspiración de las obras literarias para crear sus producciones, como por ejemplo la famosa Viaje a la Luna, de Georges Méliès, que está ligeramente basada en la obra de Julio Verne De la Tierra a la Luna. Sin embargo, contar una historia meramente con palabras y contarla con imágenes, sonido, actores, actrices, iluminación, etc., es muy diferente.

Literatura y producciones audiovisuales son dos lenguajes muy distintos. Mientras que la literatura nos da espacio para imaginar, explayarnos, crear en nuestras cabezas nuestras propias ideas acerca de esos personajes y esas historias que nos encantan, el cine y la televisión le ponen un rostro, una voz y un escenario a todo eso. Cada obra adaptada es la visión de un realizador sobre un libro que le gustó y que quiso ver traducido a otro lenguaje. Su visión puede gustarnos más o menos, pero es solamente eso, una de las tantas visiones que existen como lectores de la obra haya en el mundo.

Por ejemplo, en los últimos tiempos una figura literaria que ha retornado al día a día es Sherlock Holmes. El detective más célebre creado por Sir Arthur Conan Doyle creado en 1887 ha tenido más versiones de las que podemos recordar, siendo dos bastante recientes: la de la serie Sherlock, creada por Steven Moffat y Mark Gatiss, donde el detective es interpretado por Benedict Cumberbatch, y la de los filmes protagonizados por Robert Downey Jr. y dirigidos por Guy Ritchie. La obra en la que se basan es la misma, el momento de producción es casi el mismo (el primer filme es del 2009, mientras que la serie de la BBC comenzó en el 2010) y, sin embargo, son bien diferentes. Mientras que Moffat y Gatiss decidieron traer a Sherlock al mundo del presente, Guy Ritchie decidió apegarse a la época histórica en la que el personaje fue creado. ¿Hay una que sea mejor que la otra por eso? No, simplemente son versiones diferentes, lecturas diferentes de un personaje que ya ha sido adaptado centenares de veces.

Quizás, para juzgar la superioridad de una obra sobre de otra, es decir, de la serie sobre los filmes o viceversa, deberíamos entrar en un análisis que nada tiene que ver con la literatura: tiene que ver con la producción audiovisual en sí. ¿Cuál de las dos está mejor actuada? ¿En cuál los guiones son más ingeniosos? ¿Qué cinematografía nos gusta más? ¿Qué presupuestos tuvieron cada una de las producciones y cómo los utilizaron? ¿A qué dificultades se enfrentaron cada una de las obras audiovisuales a la hora de ser realizadas y cómo los resolvieron? Ninguna de estas cosas tiene que ver con el libro de origen, que simplemente aquí juega como un elemento inspirador que permite a los creadores mostrar su visión sobre el mismo.

Fuente: Warner Bros. Pictures

Por otro lado, muchas veces las adaptaciones audiovisuales permiten a los autores, si están con vida, ampliar los universos que crearon. Tal es el caso, por ejemplo, de Neil Gaiman. El autor británico llevó a la pantalla chica dos de sus obras más icónicas: American Gods y Good Omens. Quienes leemos con asiduidad a Gaiman sabemos que, cuando crea universos para sus historias, lo hace de manera prolífica y detallada y que eso no siempre llega a las páginas definitivas de su obra literaria. Sin embargo, poder convertir estas dos novelas a dos series de televisión le permitió al autor explorar todos esos detalles y “extras” que no pudo explorar en la literatura. Con resultados diferentes, claro. Mientras que American Gods como serie lidió siempre como una narración con altibajos, que por momentos no se entendía bien a dónde iba (aunque, debemos reconocer, le rindió homenaje a algunos personajes que terminaron siendo favoritos en el show y que en el libro no tienen tanta relevancia), con Good Omens Gaiman pudo no solo demostrar todas las ideas que les habían quedado en el tintero a él y a Terry Pratchett (el ya fallecido co-autor de la novela), sino que ahora está a punto de entregarnos una segunda temporada donde esas ideas serán todavía más exploradas. La producción audiovisual de estas dos series es un claro ejemplo de cómo, a veces, la adaptación nos entrega a los fanáticos elementos que ni siquiera sabíamos que existían porque le abre nuevas puertas a los autores para contar cosas que no entraban en los libros.

Fuente: Amazon Prime Video

Otro ejemplo de esto es Margaret Atwood. La autora canadiense llevó recientemente también a la pantalla chica sus obras El cuento de la criada y Alias Grace. Mientras que la última es un retrato mucho más al pie de la letra de lo que Atwood escribió, acotado a una miniserie de tan solo seis episodios, la primera llegó a convertirse en un fenómeno tal que forzó a la autora a, luego de 35 años, sacar la continuación de la primera novela y presentar, por fin, Los Testamentos. The Handmaid’s Tale, como serie, ha explorado aún más ese mundo distópico que creó Margaret Atwood en 1985, resaltando su relevancia aún hoy, al tocar temáticas puramente feministas y convirtiéndose en un éxito innegable.

Fuente: Hulu

Nos preguntábamos al comienzo si una obra literaria puede ser comparada con una obra audiovisual. La respuesta es no: al tratarse de lenguajes completamente diferentes, sería como comparar peras con manzanas. Sin embargo, lo que sí se pone en juego (y por eso este debate siempre despierta emociones) es la comparación entre nuestra visión de lo que leímos con la visión de quien se anima a crear una adaptación. No es el libro el que comparamos con la película o la serie: es nuestra visión personal, esa que creamos en nuestra intimidad mientras nos sumergíamos en la lectura y nos convertíamos en fanáticos. A veces, esa visión que nos creamos coincide con la del realizador audiovisual y sentimos que tocamos el cielo con las manos. Otras, el realizador decide tomarse más libertades, o descubre aristas que nosotros dejamos pasar, y nos sacude en lo más profundo de nuestro fanatismo. Esto no quiere decir que el libro sea mejor que la adaptación audiovisual, sino sencillamente que dio la posibilidad de crear diversas visiones de sí mismo.

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