Entre narcisismo y realidad: las rivalidades hacen a Hollywood

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Desde su Edad de Oro, Hollywood ha sido idealizado como un sitio donde los sueños de gloria, fama y fortuna de cumplen. La propia industria ha contribuido a la propagación de esta imagen con incontables historias, unas reales y otras ficticias, de personas completamente ordinarias que terminan llegando a lo más alto en la ciudad de las estrellas. Una visión tan seductora que resulta fácil caer rendido ante ella. Por ello la decepción es mayor cuando la cortina cae y revela una verdad de la que pocos quieren hablar. Es un lugar regido por la más dura competencia y donde no hay cabida para todos. Uno cuyos caminos impactan con continuos golpes de realidad propios del narcisismo, la hipocresía y la rivalidad. Un sitio donde por cada historia de éxito, hay muchas otras de fracaso.

Es por esto que, si bien es cierto que en la industria hay muchos lazos de mentoría, amistad e incluso de amor, el número de rivalidades abiertas también es sorprendentemente elevado. Quizá incluso mayor, pues éstas pueden darse en distintos niveles. Actores de cualquier edad que compiten por un codiciado papel; una estrella consolidada que se rehúsa a ser opacada por nadie más; un cineasta y un estelar que se disputan el dominio del set. A esto sumemos elementos más personales como envidias, celos, engaños y frustraciones. Las opciones son infinitas.

Sólo en los últimos años hemos visto un elevado número de casos. Ahí están Shannen Doherty y Alyssa Milano, cuyas tensiones en el set de Charmed alcanzaron tales niveles que la producción debió despedir a la primera. O Will Smith y Janet Hubert, quienes compartieran créditos en El príncipe del rap hasta que el protagonista despidió a su compañera de reparto por diferencias creativas, lo que según ella la estigmatizo y afectó gravemente su carrera. Ni qué decir de Vin Diesel y Dwayne Johnson, cuya relación se ha tornado tan infame que este último optó por abandonar la franquicia de Rápido y furioso a pesar de las insistencias del primero. Se dice que Diesel también fue clave para que Justin Lin abandonara la dirección de la décima entrega de la saga velocista. Y así podríamos seguir hasta el cansancio.

Crédito: Universal Pictures

Pero las rivalidades distan mucho de ser algo moderno. De hecho, hay muchas de auténtica leyenda, como la de Bette Davis y Joan Crawford, que presuntamente surgió por el interés amoroso de Franchot Tone y se manifestó de lleno varios años más tarde cuando ambas coincidieron en What Ever Happened to Baby Jane, un rodaje lleno de anécdotas entre las que incluso sobresalen los golpes. Inolvidable también la de Elizabeth Taylor y Debbie Reynolds que comenzó como una amistad entre las actrices, al menos hasta que la pareja de la primera murió en un trágico accidente y sólo encontró consuelo en un amorío con el esposo de la segunda. Y claro, la de Frank Sinatra y Marlon Brando, que presuntamente empezó por el rol estelar de On the Waterfront. Ambos criticaban abiertamente la calidad y los métodos histriónicos del otro, y su relación se tornó tan mala que recurrían a terceros para comunicarse en el set de Guys & Dolls. Incluso se rumora que Sinatra aprovechó sus vínculos con la mafia para ordenar un ataque contra Brando, quien se impactó tanto que desde entonces dejó de manifestarse contra su compañero en entrevistas.

Mención aparte para la que nos rompe el corazón: Anthony Daniels y Kenny Baker, quienes encarnaran a C-3PO y R2-D2 en Star Wars y por consiguiente protagonizaran una de las grandes amistades de la pantalla grande, se detestaban detrás de cámaras. El primero decía que cualquiera podía encarnar el rol del diminuto robot; el segundo acusaba a su compañero de mercenario por lucrar con la imagen de un personaje cuyos derechos no le pertenecían.

Crédito: Disney

Las historias trascienden incluso a los niveles familiares. Tal sería el caso de Jon Voight y Angelina Jolie, cuya relación meramente cordial se rompió cuando este cuestionó abiertamente la salud mental de su hija. Más añeja es la de Olivia de Havilland y Joan Fontaine, dos hermanas distanciadas por envidias suscitadas mucho tiempo antes de iniciadas sus respectivas carreras. Pocas tan famosas como la de Christina Crawford con su madre adoptiva, la ya mencionada Joan Crawford, cuyos abusos y manipulaciones fueron plasmados en la autobiografía Mommie Dearest, que sólo unos años después fue llevada al cine con enorme éxito.

Porque si hay algo que teme Hollywood es padecer este tipo de rompimientos en un set, al grado que los filmes protagonizados por grandes ensambles suelen ser vistos como un reto ante posibles luchas de egos. Pero al mismo tiempo, si hay algo que ama esta misma industria es una buena rivalidad. Una tan intensa que dispare la curiosidad y el morbo de la gente, que venda titulares en una prensa cada vez más ansiosa del clickbait y que indirectamente ayude a promocionar a una persona o un proyecto. Por algo se dice que no hay publicidad mala…

Y es que, si bien es cierto que todos nos conmovemos con una buena historia de amistad y amor hollywoodense, las rivalidades tienen un carácter hipnótico del que es difícil escapar. Duelos de poder a poder en un olimpo de fama y fortuna que sólo podemos contemplar a distancia. Como si de un espectáculo más se tratara en una industria cuyos sueños tienden a la distorsión en más de una ocasión.

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